jueves, abril 28, 2005

A (re)vueltas con el matrimonio homosexual

Definitivamente, Pablo Celán ha sido muy generoso conmigo (aquí) al decir que una nota mía (ésta) era inteligente: después de leer su artículo juzgo mis notas como algo provisional e incluso un poco precipitado. Podría ahora limitarme a decir que suscribo íntegramente su post y ya está. Pero tras bucear en sus argumentos, por orgullo propio intelectual y por el placer de continuar el debate, he conseguido hilar algo que pudiera tener cierto sentido y que ahora presento.

En primer lugar, me exculpo y me disculpo por diversos motivos:

  1. No recuerdo hacer afirmado que el Estado tuviese “legitimidad” para regular el matrimonio. Que tiene poder para hacerlo es indudable, pero lo de la legitimidad es una cuestión bien distinta del poder o de la legitimidad legal o legalidad. Que legalmente puede es claro: si la constitución lo permite pues sin problemas y si no lo permite se podría cambiar la constitución y sin problemas de nuevo. Pero eso tiene que ver poco con la legitimidad genuina y mi opinión sobre este asunto, que creo coincidiría con la de Pablo, es que el matrimonio es una intromisión en asuntos que debieran corresponder exclusivamente a los individuos. El proceso es simple: el Estado necesita justificarse a sí mismo dándose contenido y haciéndose presente en la vida de los individuos, por eso aspira a condicionar sus acuerdos y decisiones y se arroga el poder de otorgar certificados para que los individuos obtengan ciertos estatus o ciertos privilegios a los que no podrían acceder de otro modo. (Probablemente lo mismo hizo en su momento la Iglesia, pero con matices, por lo que sobre esto volveré más adelante).
  2. Reconozco que el símil de la pluma/pisapapeles no es muy acertado; parece un exceso. Era consciente cuando lo escribía, si bien opté por dejarlo así buscando claridad y algo de efecto. No contaba con tener lectores tan incisivos como Pablo y de haberlo sabido me hubiera expresado mejor. Atentos ahora que me estoy retractando: no creo que la regulación del matrimonio homosexual tense tanto la institución como para provocar su quiebra, es decir, que no creo que sea siempre cierto que autorizar el matrimonio homosexual sea como obligar a utilizar plumas como pisapapeles. Y digo “siempre” porque admito que para aquellos que creen en que sólo hay un matrimonio auténtico y que éste es un sacramento o algo similar, sí que pudiera serlo; ellos se deben de sentir como quien es obligado a usar espuma de afeitar para pegar ladrillos. Yo la verdad es que no, porque éste es un asunto de fe y la perdí hace demasiado tiempo. Pero el respeto hacia los otros todavía no y espero no perderlo. (En esto pasa como en lo de las banderas: me solidarizo con quien se limita a colgar en su balcón una bandera que no me gusta y rechazo a quien pretende dictar lo que debe ondear en los balcones de nuestras casas por mucho que me guste su bandera) .No obstante, esta disparidad de concepciones sociales de lo que sea el matrimonio me parece relevante, es más, diré: brutamente relevante. Pero eso lo aclararé también más adelante.
  3. Para ser acertado el símil de la pluma y el pisapapeles, como Pablo nota bien, yo debería de haber dejado bien claro cuál es la esencia de la institución matrimonial, el hecho bruto sobre el que se basa o su naturaleza última. No lo hice. Lo dije entonces. Pero es que tampoco me atrevo a hacerlo ahora. Y más después de leer algo sobre el tema y ver que ni los antropólogos se aclaran al respecto. Ahora bien, hay algo que sí tengo claro: una cosa sería preguntarse por el hecho bruto o función originaria absoluta del matrimonio así a pelo y otra preguntarse hoy por la función originaria del matrimonio. La primera pregunta presupone que podemos salir de nuestro propio tiempo y casi de nuestra mente pues seríamos capaces de trascender los límites que la cultura ha dejado grabados en nuestro entendimiento. La segunda no. Se me hace difícil aceptar que la institución matrimonial hoy esté directamente relacionada con una sociedad pasada en la que los hombres vivían dominados por las féminas hasta que un día las mataron a todas, salvo a las niñas a las engañaron y a las que impusieron el yugo del sometimiento matrimonial y así hasta nuestros días con nítida continuidad. No descarto que un extraterrestre, inmortal y paciente observador de nuestra especie, sepa que el matrimonio es precisamente eso: el modo de perpetuar los efectos del genocidio constitutivo de las sociedades machistas. Pero no admito para mí que el origen del matrimonio hoy sea ese. Tiendo a pensar que más bien sería otra cosa, que yo, humildemente, relacionaría con la descendencia y/o con la propiedad: que la función del matrimonio sea asegurar protección y educación de la prole, me parece concebible hoy; que pretenda asegurar la certidumbre de la paternidad también; que el hombre que ya se siente propietario de algo desee trasladarlo a los que portan parte de su material genético también y que el matrimonio sea una forma de asegurar protección durante la gestación, el parto y el periodo de crianza vinculando un hombre a cada mujer también es pensable (un vínculo este del amor que, por otra parte, originariamente parece que poco tenía que ver con el amor al que Pablo se refiere en su artículo: si alguien recuerda Yo Claudio estará de acuerdo conmigo en que el amor era bastante irrelevante a la hora de casarse; algo más cerca que Roma está la zona de la que es oriunda la familia de mi madre, una zona rural en las estribaciones de Sierra Nevada, minifundista y repoblada hace siglos por gallegos, de los que me queda el apellido, y en la que es importante casarse o recuerdo que lo era, con quien tuviese casi la misma extensión de tierra o más que uno mismo. Pero, de nuevo, dejemos esto del poder del amor también para más adelante). Reitero que a ciencia cierta no se cuál de las versiones sobre el origen del matrimonio que he comentado al principio de este punto da la clave sobre su esencia, pero la primera historia, la del genocidio, ni la concibo. En suma, tiendo a admitir como marco para mi discurso lo que mi mente, limitada como es ella, es capaz pensar como concebible y aunque admito la posibilidad de error en esas cuestiones ultimísimas, hoy por hoy no llego ni a concebirla. Sí que me reitero, por tanto, en una idea: en su origen el matrimonio no fue un certificado que capacitaba a disfrutar de ciertos derechos frente, en o a través del ni a obtener prestaciones del Estado de las que no se disfrutaría de otro modo.

Aclarado todo eso, o al menos eso espero, paso ahora a matizar alguna de las afirmaciones de Pablo aunque insito en que bien podría asumirlas sin quiebra de mi integridad moral.

Con la intención de reconstruir efectistamente su argumentación diré que Pablo afirma que dado que no podemos encontrar la esencia bruta del matrimonio, el grado de flexibilidad de esta institución aumenta casi infinitamente; olvidado de modo definitivo el origen último (o primero, según se mire) del matrimonio, hoy es algo así una institución puramente institucional, es decir, algo a completamente disposición de cualquiera con poder para regularlo. Esto es una reconstrucción un poco burda de una afirmación de Pablo según la cual el matrimonio de hecho ha devenido un medio para obtener ciertos derechos y prestaciones del Estado (“el problema es que de hecho ha devenido tal cosa, entre otras” afirma) combinada con las requisitorias que me dirige advirtiendo que mi argumentación se derrumba si no muestro cuál es la esencia del matrimonio.

Andaré casi de pasada (por no tener pensado el tema) sobre la siguiente cuestión: una institución puede montarse sobre otra y no directa y necesariamente sobre un hecho bruto (hierro y madera/una hoz y un martillo/el símbolo del comunismo), lo que permitiría limitar o explicar una institución en función de otra matriz sin necesidad de remontarse al hecho bruto. Es evidente que el motivo por el que la hoz y el martillo son símbolos del comunismo no está en el hierro o la madera sino en que son herramientas asociadas al trabajo manual porque un Rolls Royce con detalles de caoba en el salpicadero también es hierro y madera en términos brutos, pero nadie lo imagina sobre una bandera roja en la plaza del pueblo. Lo que explica y limita la flexibilidad del hecho institucional “símbolo del comunismo” es un hecho social (las herramientas) y no un hecho bruto. De ese modo, el matrimonio civil podría verse condicionado por otros estadios previos o concepciones de la institución sin necesidad de remontarse a sus fuentes brutas últimas.

Vuelvo inmediatamente al núcleo de la que creo crítica de Pablo: es verdad que hoy el matrimonio es, también, un expediente para obtener prestaciones o para acceder a un estatus jurídico diferenciado. Pero si es así es porque el Estado lo ha diseñado de ese modo y no como consecuencia de un lento y espontáneo proceso de evolución social. (Esto probablemente también vale para la Iglesia, con un matiz: una cosa es que la Iglesia tenga algo (el sacramento) y que exija a quien lo quiera que se postre ante el altar y otra muy distinta es que el Estado se haya apropiado de acuerdos y derechos que antes nos pertenecían y que diga ahora que si los queremos tenemos que postrarnos ante “Él”).

Ahí reside y creo que residía, aunque de un modo confuso, mi objeción a la propuesta de hacer legalmente posible el matrimonio entre personas del mismo sexo. No recuerdo haber afirmado claramente que la aprobación de la reforma del Código Civil tensara la institución o la cohesión social hasta el punto de quebrarla (aunque el símil de la pluma pudo sugerirlo), pues mi preocupación básica era más bien otra que quizás no se seguía de mis presupuestos aunque pienso que estaba condensada en las palabras finales de mi comentario: ingeniería social e ingeniería mental o, para entendernos, poder.

Además de la pregunta por la función originaria del matrimonio que no dejaba de ser estratégica (por eso sólo la respondí en negativo y dije la que no era), había otra pregunta que quizás quedó demasiado implícita en mi texto: me refiero a la pregunta por la función de la regulación estatal del matrimonio. Esa función, a mi juicio está clara: poder. Se trata de hacer ostentación del propio poder de configuración de la sociedad, de llevar el monopolio del dominio y la violencia hasta sus últimas consecuencias. Para ello primero se desplazó el peso de la institución desde lo sacro a lo jurídico; de sus orígenes, sean cuales fuesen, al certificado y a la prestación; ahora sólo se va un poco más allá y el concepto jurídico de matrimonio se autodetermina definitivamente.

En todo caso, lo importante es que al final queda claro quien manda aquí.

Lo explicaré de otro modo. Supóngase que tenemos dos opciones:

(A) Lograr unos fines (otorgar las mismas prestaciones a todos) y, al tiempo, respetar una tradición, no ofender los sentimientos morales de ciertos individuos y no alterar los dogmas de ciertas confesiones religiosas.

(B) Lograr unos fines (otorgar las mismas prestaciones a todos) y, al tiempo, destrozar una tradición, ofender los sentimientos morales de ciertos individuos y alterar los dogmas de ciertas confesiones religiosas.

La elección entre A y B no se explica por la necesidad de extender las prestaciones a las parejas de homosexuales. Este objetivo se logra en ambas.

Que la superación de la asimetría económica entre hombre y mujer y de la necesidad de la descendencia haya dejado como único hecho constitutivo del matrimonio al hecho romántico (hecho fundacional este, ya dije, muy reciente) tampoco. Pregunta Pablo “¿qué nos puede hacer pensar que una relación romántica entre dos hombres y dos mujeres no puede ser parangonable a la que exista entre un varón y una mujer?”. No puedo estar más de acuerdo con él en la respuesta que contiene esa pregunta. Pero nuevamente de ahí no se sigue la necesidad de extender el matrimonio a las uniones afectivas entre homosexuales. En todo case se seguiría la necesidad de extender la validación pública y jurídica de los afectos a los homosexuales, algo a lo que Pablo se opone.

Ojo que me he pasado de listo: si el matrimonio es sólo la validación de los afectos y los homosexuales merecen que se validen sus afectos, entonces el matrimonio debe extenderse a los homosexuales.

Claro, fallaba una premisa que es la que me lleva a cuestionar la afirmación de Pablo de que el matrimonio es flexible porque hoy es sólo la validación de los afectos: opino que el matrimonio es flexible quizás no tanto porque quizás sea algo además de eso, aunque no lo sea para mí, ateo como soy y soltero como estoy. Sostengo que desprovisto de la asimetría económica y de inevitabilidad de la descendencia, apareció el afecto para casi todos y queda lo sagrado para muchos, entre los que, de nuevo reitero, no me hallo.

Luego la extensión legal es algo más que el reconocimiento jurídico de un hecho socialmente decantado. La regulación que se propone sí que implica una redefinición (en este caso restrictiva) de la institución (“no es algo sagrado; es sólo amor y como homosexuales también aman, pues…”). La redefinición implica que se tiene o se pretende el poder de definir las palabras incluso al margen de cualquier otra consideración. Eso era lo que me preocupaba en mi artículo.

(Ahora permitidme que me ponga un poco literario y algo apocalíptico, porque los argumentos sustanciales ya han sido presentados).

Si se emprende un camino para terminar en un lugar al que se podría llegar por otra vía, es por algo; quizás porque se pretenda desmontar una tradición para demostrar que la voluntad de alguien manda sobre la sociedad que la ha generado. También si se pretende hacerlo en un sentido contrario a los sentimientos religiosos de los miembros de diversas confesiones religiosas, es por algún motivo. Quizás para demostrar un poder mayor que el de ciertas religiones institucionalizadas, las cuales, una vez ya se replegaron a lo espiritual dejando las cuestiones terrenales en manos de otros. Los mismos que hoy, monopolizado lo terrenal y sumiso y cautivo el individuo, pretenden ir un poco más allá, apropiándose de instituciones y símbolos que son de otros, para así plantar una pica en el reino indómito de las conciencias. Y si estamos de acuerdo en que el poder tanto mejor cuanto más dividido y admitimos que hoy alguien pretende, como otrora, gobernar aquí y en la conciencia, pues que cada cual saque sus propias conclusiones. De momento no hay que pedir un certificado para hacerlo.



2 comentarios:

Pablo Celan dijo...

Apfner: oído cocina. De momento lo pongo en la nevera a la espera de poder hicarle el diente mañana.

Anónimo dijo...

TODO MI APOYO A LOS HOMOSEXUALES.QUE TIENEN LOS MISMOS DERECHOS QUE TODOS